Rumbo a la montaña


Carrusel, NOSOTROS / Domingo, Marzo 18th, 2018

rumbo a la montaña

Haber vivido más de 25 años en la ciudad y no haber tenido mas que un contacto mínimo con el campo en visitas esporádicas a fincas, no fue impedimento para tomar la decisión de salir de la hermosa, agitada y en ocasiones hostil Bogotá con rumbo a la montaña, a aprender de costumbres tradicionales y milenarias que han sido heredadas generación tras generación por los campesinos de nuestro país. Hoy, luego de casi tres años de haber tomado esa decisión, no podría estar más contento ya que mi calidad de vida mejoró notablemente. Las lecciones de vida aprendidas y nuevas habilidades adquiridas en este arduo y para nada fácil camino han valido la pena cada segundo, cada esfuerzo y cada peso invertido.

 

Luego de haber estudiado en la universidad durante varios años y dos carreras distintas (de las cuales en ninguna me titulé finalmente, aunque el conocimiento adquirido sí que logré interiorizarlo) llegué a un punto frustrante y decepcionante en el cual me veía condenado a sobrevivir en un mundo donde no me sentía a gusto, donde la voracidad con la que el sistema empuja a las personas a absurdos perpetuos por un ideal de progreso no me convencía. También tenía la seguridad de que mi alma me pedía calma, algún contacto con el cosmos, con lo natural, conectar con mi espíritu para definir mi función en este mundo. Las oportunidades que vislumbraba no me ofrecían motivación alguna por un desencanto y crisis moral que no me permitía confiar mi felicidad y tranquilidad al camino de la academia, aún sabiendo de lo que me perdía. Sin embargo tenía claro que la vida de esclavo del dinero, pasando de un trabajo de cubículo poco interesante y poco desafiante a otro tampoco era para mí. Gracias, en parte, a la educación que me brindaron en casa, lo mío ha sido emprender desde que en el colegio de primaria, como muchos, me dedicaba a vender dulces, chicles y básicamente cualquier cosa que mis compañeritos de salón compraran.

 

En el año 2015 y con 25 años, cuando comente a mi familia que tenía la intención de irme de Bogotá con rumbo a la finca en la montaña que habíamos comprado años antes entre mis hermanos y yo con fines recreativos, sabía que quería aprender a cultivar y criar mis propios alimentos de forma responsable y sostenible, y con esto lograr rebajar, parcialmente, la dependencia en el dinero y perseguir la autosuficiencia y la soberanía alimentaria, al menos en un plano personal.

 

Sabía que me mudaría sólo, y no tenía idea lo que me esperaba. Al llegar me encontré con un panorama plagado de dudas y con la decepción de que no sabía ni cómo crecía una lechuga, ni cómo ponía una gallina, ni la utilidad de un invernadero, ni lo imprescindible que resulta el abono para la tierra y plantas, ni mucho menos cómo construir un corral o un rancho. En fin, no tenía idea de nada de la vida en el campo. Aunque sí contaba con muchísimas ganas de aprender, y rendirme sin siquiera haber empezado no era una opción en lo absoluto. A eso me dediqué y la montaña es testigo fiel; a aprender, a enlazar relaciones con mis nuevos vecinos, quienes han sido campesinos durante toda su vida y cuyo conocimiento para mí en ese momento era más que deseable. Por fortuna, en general, me hicieron sentir en casa, me acogieron, y al calor de unas polas (cervezas) me contaron su experiencia de vida en el campo y en la montaña, me fueron enseñando trucos y formas de hacer las cosas, su percepción de la vida y claro, también he aprendido algo sobre su oficio de mineros de carbón; principal fuente de trabajo de la región. Una experiencia invaluable.

rumbo a la montaña

Al cabo de un año y medio, y luego de varios intentos, ya era enorme la necesidad de encontrar una oportunidad para establecer un proyecto productivo en la granja. Esto es, convertirla en un terreno que también produjese réditos a nivel económico de forma sostenible a largo plazo y además lograrlo articular con el proyecto de recuperación de bosque, fuentes hídricas y fertilidad del suelo, con la casa y con cada elemento presente o por haber en la granja.

 

Fue en ese punto que con un gran amigo, ahora socio y hermano de la vida, y con mi siempre maravillosa madre y ahora socia conocimos un proyecto agrícola que se encuentra en franca expansión en esta región del país; el cultivo de arándanos azules o mora azul. Analizamos las posibilidades y decidimos ser parte, así que montamos nuestro maravilloso cultivo de arándanos de montaña con 1.000 plantas. Este número de plantas fue escogido, en parte, por cuestiones de espacio, pero también porque un volumen mayor lo volvería inmanejable bajo el modelo de granja familiar autosuficiente.

 

Eso no quiere decir que no pensemos en crecer ni en llevar a cabo más proyectos productivos en la granja o fuera de ella, sino todo lo contrario. Ahora que se unieron dos pasajeros más (Yina, quien camina de mi mano en este viaje y su guerrero de 10.000 batallas Miguelángel) quienes han llegado a aportar mucha claridad, inspiración y amor, nuestra idea, como la de muchos, es alcanzar ese nivel de independencia financiera que nos permita alimentar nuestros espíritus, principalmente con aventuras pero también –y siendo muy responsables con esto- bienes de consumo, como aquellos que a nivel personal facilitan el hecho de vivir y trabajar. Esto sin descuidar las finanzas, pero sin tener preocupaciones en lo absoluto por ese lado. Por ese motivo, nosotros re-afirmamos al campo, la montaña y zonas rurales en general como un escenario ideal para lograrlo y generar oportunidades reales para todos los habitantes de nuestro país y en general del mundo, y de paso revitalizarlo conservando y estimulando todo ese misticismo ancestral que se ve representado en el entorno natural y social.

 

Pues bien, así estamos nosotros acá, creciendo poco a poco, viviendo nuestro sueño y queriendo trasmitirlo de forma útil para inspirar y demostrar que las cosas son posibles de lograr, y los caminos para conseguir hacer de la vida algo extraordinario donde uno sienta satisfacción y tranquilidad son tan variados que el universo infinito es el límite. Solo hace falta soñarlo, desearlo y trabajar fuerte e inteligentemente para alcanzarlo. Es inevitable que no llegue cuando uno enfoca realmente sus esfuerzos y pensamientos hacia ello. Yo lo he podido comprobar y por supuesto planeo que siga siendo así. Sin embargo también toca reconocer que es un camino largo, donde es imprescindible armarse de mucha paciencia y amor tanto por lo que se hace como por lo que se debe aprender en el camino, y aprender de cada error, ya que no es mentira que con el tiempo todas las caídas enseñan lecciones invaluables.

 

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